El camino de la existencia humana es, aún para nosotros mismos, una verdadera caja de sorpresas. Nos llenamos de experiencias, recibimos enseñanzas, aprendemos de algunas de ellas y también nos equivocamos, no obstante lo aprendido.
Aún así, la búsqueda continúa.
Algunos se detienen, otros se aletargan. Pero los más avanzados miran hacia atrás, y al observar la distancia recorrida y los conocimientos incorporados, son conscientes de que deben regresar para ayudar a los rezagados.
Esta actitud significa poner en práctica uno de los mandamientos que forman parte de la filosofía de la vida; tal vez, el más difícil de explicar y transmitir: “Amarás a tu prójimo como a ti mismo”.
El acercamiento y la llegada a quienes transitan con dificultad los caminos de la vida para hacerles conocer esas maravillosas cajas de sorpresas, son actos de amor al prójimo.
No es un hecho casual que los seres humanos hayamos descubierto símbolos milenarios cuasi mágicos para mejorar nuestra calidad e vida.
Podemos afirmar, seguramente, que ellos son una respuesta adecuada a las necesidades de la humanidad.
Si mediante una seria de símbolos realizamos el intento de restaurar la armonía que debe existir entre las tres facetas del ser humano – espíritu, mente y cuerpo – nos insertaremos de la manera correcta en la corriente de la vida.
De este modo, volveremos a recibir todas las bondades de la Cálida y Perfecta Energía Original. Ella no se cierra a nosotros: somos nosotros quienes nos cerramos a ella cuando nos desarmonizamos.

Orlando Guzmán
Prefacio del Libro “El Último Símbolo”

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